domingo, 19 de agosto de 2012

REACCIONES DESPROPORCIONADAS

Muchos jóvenes, niños, niñas, e incluso adultos, pensamos que nuestros deseos deben o deberían ser ley para todos y, en ello, tiene al menos parte una educación excesivamente permisiva bien para uno de los hermanos o para todos.

¿Por qué a uno de los hermanos se le concedió ese permiso extra y a otros no? Las circunstancias siempre suelen ser la respuesta, circunstancias que eso sí, varían mucho de unos a otros: porque el niño era el que más rabietas cogía y el que más alborotaba si no se le daba lo que quería, o porque era muy avispado y sabía conseguir casi siempre lo que pretendía, o porque apoyaba a los padres en sus actuaciones severas para con otros hermanos, o simplemente porque era el hermano más reflexivo, sensato, comedido y que, por tanto, solía apaciguar cualquier conflicto familiar.

Si el caso fuera el último (el del hermano reflexivo que apacigua en vez de exaltar) se tendría ganado ese derecho, pero ni que decir tiene, que ahí no habría problema jamás de que se convirtiese en un vendaval que desarbolase a los barcos menos protegidos en esas circunstancias, sino que trataría, contra viento y marea, de ponerse a su lado y protegerlos él. Por lo tanto muy probablemente nunca sería quien respondiese de manera desproporcionada.

Pero los otros sí: cualquier de ellos en un momento cualquiera, por un motivo cualquiera, podría sorprender a propios (a éstos menos) y a extraños con reacciones totalmente desproporcionadas al supuesto mal recibido. Es como si por pedirte un pordiosero un dinero tú le disparases por si acaso.

Todas las personas, tanto niños como adultos (y éstos muy especialmente) debemos tener cuidado de controlar nuestras reacciones ante los graves problemas que nos depara la vida y también ante los problemas nimios como podrían ser supuestas ofensas, agravios o dudas sobre nuestra capacidad de poder.

Lo habitual entre los niños pequeños incorrectamente educados es que respondan de la manera más contundente de que sean capaces ante cualquier contratiempo, real o imaginario que éste reciba, por pequeño que sea.

Las personas (y por tanto también los niños y no sólo los adultos) debemos esforzarnos siempre por no dejarnos cegar por la ira del momento (muchas veces poco o nada fundada) y nunca debemos reaccionar de manera exagerada con gritos o portazos. Tampoco debemos extender el castigo ni ofender a quien es amigo o familiar del que supuestamente nos ofendió simplemente por el hecho de ser familiar.

Y debemos, como decía la madre de un amigo mío, pensar 2 veces antes de actuar en relación a lo que creemos una ofensa recibida. Ponernos en lugar del otro y tratar de comprender si el agravio recibido es merecedor o no de una reacción severa por nuestra parte, o si por el contrario, es una nimiedad que no merece ni siquiera respuesta o como mucho, una respuesta sarcástica, irónica, inteligente.

Muchísimas veces segana muchísimo más con la respuesta inteligente que con la reacción violenta. De hecho la violencia suele genera respuesta violenta, mientras que la respuesta inteligente, genera bien desconcierto, bien no genera nada, o bien señala claramente el potencial intelectual del ofendido y su capacidad de autocontrol (todo ello, por otra parte, beneficioso para ir creándose una reputación buena en su transcurso por el camino de la vida).

En resumen: antes de una reacción violenta debemos valorar el daño sufrido y, sólo después de valorarlo, reaccionar: siempre que sea posible de una manera inteligente utilizando el arma más poderosa que tiene el ser humano (el lenguaje y con él la capacidad de razonamiento) y sólo en muy contados casos de forma física. Pero sea como sea NUNCA DEBE SER DE FORMA VIOLENTA, NUNCA CON IRA, sino respuesta meditada, valorada y proporcional a la ofensa recibida. Eso nos granjeará el respeto de los demás por razón de nuestra valía (que es lo que perdurará siempre) y no por nuestros exabruptos, agresividadad o amenazas explícitas o veladas (que sólo durarán mientras se tengan los elementos ó cómplices precisos para seguir amedrentando al otro)

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